JESUCRISTO
Desde el inicio de los tiempos, Dios promete un Salvador, aquel cuyo destino será liberar al hombre de la caída de Adán y Eva (cf. Génesis 3, 15).
Pero, para sorpresa de toda la humanidad, es Dios mismo quien se hace hombre para salvarnos. Y lo hace de un modo igualmente inesperado.
Se encarna en una Virgen por obra del Espíritu Santo. Aquel que nace es verdadero Dios y verdadero hombre.
Él es Jesucristo.
Dios hecho hombre que viene a salvar al hombre, a devolverle su dignidad, a elevarlo y, sobre todo, a hacerlo libre para vencer el pecado y resistir los ataques del demonio.
Ese Dios-hombre entrega su vida por nosotros y, con su muerte, consigue nuestra salvación. Más aún: nos hace hijos de Dios.
DIOS ENTRA EN NUESTRA HISTORIA
Con la Encarnación, la eternidad entra en el tiempo.
Lo infinito se hace pequeño.
Lo intangible se puede tocar.
Lo inefable adquiere nombre, rostro, apellido, oficio y Madre.
El Inmutable experimenta nuestras necesidades humanas: pasa frío, siente hambre, se cansa y llora.
El Omnipresente vive en Nazaret.
El Todopoderoso comparte nuestra naturaleza y se hace vulnerable como un niño.
Dios no contempla nuestra humanidad desde lejos. La asume.
UNA VIDA ENTREGADA
Durante su vida pública no hizo otra cosa que el bien, amando sin medida y ayudando a quienes lo necesitaban (cf. Hechos 10, 38).
Nos enseñó a amar y a entregar nuestra propia vida, como Él mismo la entregó.
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.»
Nos habló de un Reino de verdad y de justicia, de vida y de libertad. Nos prometió la vida eterna y nos mostró el camino para alcanzarla.
No nos pide riquezas ni poder.
Nos pide algo mucho más exigente:
amar la verdad, amarle a Él y amar como Él nos amó.
LA PASIÓN
En su Pasión nos mostró hasta dónde llega su amor y su compromiso con nuestra salvación.
Sufrió hasta derramar su sangre.
Abrazó el sufrimiento humano hasta sus últimas consecuencias. No existe dolor que le sea completamente ajeno. No existe abandono que no haya conocido. No existe precariedad humana que Él no haya querido experimentar.
No hay ningún recoveco del corazón humano que Cristo no pueda acompañar.
Dios entra incluso en nuestro sufrimiento para redimirlo.
Con su muerte nos abre el camino hacia la vida eterna.
Y con su Resurrección vence definitivamente a la muerte y vuelve a abrir para el hombre las puertas del Cielo.
SOLO EN ÉL
Solo en Cristo tenemos nuestra salvación.
Solo siguiéndole a Él encontramos el verdadero sentido de nuestra vida.
Él es la Verdad encarnada.
Él es nuestro amparo.
Él es quien nos enseña que la libertad no consiste en hacer todo lo que queremos, sino en poder elegir el bien.
Sus palabras no pertenecen a una época determinada. Su enseñanza no está sometida a las modas ni a las ideologías.
Ha sido, es y será.
Él es Cristo.
Y ante Él, todo adquiere su verdadero significado.