MORAL CRISTIANA
«Si tu mano te induce a pecar, córtatela»
«Si tu mano te induce a pecar, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te induce a pecar, córtatelo: más vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies en la gehenna. Y si tu ojo te induce a pecar, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado con los dos ojos en la gehenna, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»
Marcos 9, 43-50
Estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo, pronunciadas hace casi dos mil años, contienen una enseñanza radicalmente actual: el alma es más importante que el cuerpo.
Por ello, quien busca seguir a Cristo está llamado a cuidar también su manera de presentarse ante el mundo. El pudor cristiano no nace del desprecio del cuerpo, sino precisamente de reconocer su dignidad. El cuerpo no es un objeto de exhibición, sino parte de la persona y, por tanto, merece respeto.
EL PUDOR Y LA MODESTIA
Como católicos, no solo debemos procurar nuestra propia santidad, sino también evitar aquello que pueda convertirse en ocasión de pecado para los demás.
Nuestro decoro ha de estar marcado por la sobriedad, la modestia y la dignidad.
Ante una elección de vestimenta conviene hacerse una pregunta sencilla:
¿Es esta la manera en la que vestiría un hombre justo y santo?
Y para una mujer:
¿Es esta una vestimenta digna de una mujer santa? ¿Podría imaginarla en María, la Virgen?
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
«El pudor protege el misterio de las personas y de su amor.»
El pudor inspira la elección de la vestimenta, protege la intimidad y permite resistir tanto a la presión de determinadas modas como a la necesidad de convertir nuestra propia imagen en un espectáculo.
No se trata simplemente de cubrir el cuerpo. Se trata de vestir reconociendo el valor de la persona que hay detrás de él.
UNA FORMA DE TESTIMONIO
La primera impresión que causamos suele llegar a través de la vista. En pocos segundos puede establecerse una percepción que después resulta difícil cambiar.
Por eso nuestra apariencia también puede convertirse en una forma de testimonio.
Quien sigue a Cristo debería transmitir, incluso antes de hablar, humildad, dignidad y sobriedad. No porque deba distinguirse para llamar la atención sobre sí mismo, sino precisamente porque su forma de vestir debe reflejar que no vive sometido a cualquier tendencia.
La moda no debe convertirse en una autoridad moral.
Vestir bien no significa llamar la atención. Significa saber quién somos, qué representamos y ante quién nos presentamos.
EL RESPETO A LA SANTA MISA
Esta responsabilidad adquiere una importancia especial en los lugares y acontecimientos religiosos, y especialmente durante la Santa Misa.
La Liturgia no es un acto social.
No es una reunión entre amigos.
No es un espectáculo.
Es un encuentro con Dios.
En la Santa Misa es Cristo quien actúa. Allí recibimos su Cuerpo y su Sangre y participamos del Santo Sacrificio.
Por eso nuestra manera de presentarnos debe corresponder a la grandeza del misterio que vamos a celebrar.
No acudimos vestidos simplemente como para cualquier momento cotidiano. La ropa debe ayudarnos a mostrar respeto por la santidad del lugar y por la presencia de Dios.
La vestimenta apropiada para estos momentos debe caracterizarse por la sobriedad noble, la sencillez y la dignidad: evitando aquello que resulte vulgar, provocativo, excesivamente ajustado, transparente o destinado deliberadamente a atraer una atención impropia.
El culto no es hacia nosotros.
Es hacia Dios.
Hay que desaparecer para que Cristo aparezca.
UNA CONVERSIÓN TAMBIÉN EXTERIOR
La conversión cristiana transforma a la persona entera.
Transforma sus pensamientos, sus palabras, sus actos y también la manera en que se presenta ante los demás.
No se trata de aparentar santidad, sino de permitir que aquello que llevamos dentro comience también a reflejarse fuera.
Cristo nos llama a ser santos.
Avancemos, pues, un poco más en nuestra conversión.
Que nuestra forma de vivir, de vestir y de comportarnos no sea una búsqueda de nosotros mismos, sino un reflejo de aquello que creemos.
Sobriedad. Modestia. Dignidad. Fe.
Porque vestir conforme a nuestra fe también es una forma de vivirla.